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Edward Irving

BIOGRAFIAS
Edward Irving nace en Annan, Dumfries,  Escocia el 4 de agosto de 1792.

Tuvo una juventud dura, estudió en la universidad de Edimburgo y ejerció el magisterio durante algunos años. Siendo físico avanzado, pero de alma noble, dio prioridad al perfeccionamiento espiritual, aplicándose como pastor, cargo en el que adquirió, en el trato con los hombres, el conocimiento con las clases más pobres.

En una pequeña iglesia escocesa en Matton Garden,  Londres, había perdido la vida el párroco y se hallaba en una situación crítica, tanto espiritual como financieramente. Donde Irving comenzó su postulado, con su elocuencia sonora en luminosas explicaciones del Evangelio, comenzó a atraer la atención y muy pronto, la calle se llenó de carruajes de los hombres más notables de Londres y personas humildes que se acercaban a escucharlo al pequeño templo.

En 1827, fue enviado a una iglesia más grande en Regent Square, con capacidad para dos mil personas y donde había gran interés en sus predicaciones. Muy trabajador y luchador continuó ejerciendo  para satisfacer las necesidades de los más humildes, siempre listo, día y noche, en el cumplimiento de su deber. En 1828, publicó un informe el volumen de sermones titulado “La doctrina de la Encarnación abierta” y, en el 1823, “La ortodoxia ortodoxa y la doctrina de nuestra naturaleza humana”. Ambos generaron grandes controversias y fuerte oposición de las autoridades de su iglesia. Pero un obstáculo más grande se encontraba frente a él. Había una leyenda de que los dones espirituales de los primeros días reaparecerían antes de el fin del mundo, y entre ellos estaba el olvido del don de las lenguas. En el oeste de Escocia comenzaron a surgir algunos fenómenos, y un emisario fue mandado por la iglesia de Irving para investigar e informar del caso. Se comprobó que la cosa era exacta y que los hechos eran por tanto reales. Las manifestaciones eran voces oídas por cualquier persona que visitara el lugar y las manifestaciones eran acompañadas por milagros de curación y otros signos, la mayoría culpó a Irving de estos fenómenos.

Los fieles esperaban ansiosos nuevos acontecimientos. Estos no se hicieron esperar, irrumpieron en la propia iglesia de Irving. Fue en julio de 1831 que corrió el rumor de que algunos miembros de la congregación habían sido tomados de manera extraña en sus propias residencias y que discretas manifestaciones ocurrían en la sacristía y otros recintos cerrados.

El pastor y sus consejeros estaban perplejos, sin saber si una demostración pública así se toleraría. El caso se resolvió por sí mismo: en octubre del mismo año, el prosaico servicio de la Iglesia de Escocia fue repentinamente interrumpido por los gritos de posesos, tanto en el servicio matinal, como en el de la noche. La sensación fue considerable y los los periódicos del día aparecieron llenos de momentos, que estaban lejos de ser favorables y respetuosos. Los gritos venían de hombres y de mujeres y, en el primero en el caso, se reducían a ruidos que tanto eran meros gruñidos como lenguaje completamente desconocida. Sin embargo, en breve, se agregaron palabras en inglés a los extraños ruidos. En general eran jaculatorias y oraciones. Algunas de estas enseñanzas no se acomodaban a la ortodoxia y, así, fueron considerados obra del diablo. No había desarrollo: había el caos.

Algunos sensitivos condenaban a los demás como herejes. Se levantaba voz contra voz. Lo peor de todo es que algunos “oradores” se convencieron de que sus discursos eran diabólicos. La unidad de la Iglesia de Irving no se resistió a ese golpe. Hubo una gran escisión y el edificio fue reclamado por los administradores. Excomulgado en 1833, Irving y los partidarios que le quedaron fieles anduvieron buscando un nuevo lugar, y vinieron a encontrarlo en la sala usada por Robert Owen, el socialista, filántropo y libre pensador, destinado, veinte años más tarde, a ser uno de los pioneros conversos del Espiritismo.

Allí, Irving reunió a los fieles y reorganizó su iglesia, con su ángel, sus presbíteros, sus diáconos, sus lenguas y profecías, se centraron en la reconstitución de la primitiva iglesia cristiana jamás realizada. Sin embargo, las discusiones con teólogos y recalcitrantes miembros de su rebaño, acabaron por abatir a su alma ardiente y devota. El gigante escocés empezó a debilitarse. La buena vocación de Irving no fue suficiente para dejar claro el origen y la finalidad de los los hechos mediúmnicos con los que convive. Pero muchos vieron su esfuerzo y se dejaron tocar por el soplo renovador de las nuevas ideas siguiendo la pista segura, aunque áspera, de las claridades espirituales, donde él fue vanguardista.

Teniendo en los labios las palabras “Si muero, moriré con el mismo. Señor”, su alma pasó al mundo espiritual el 7 de diciembre de 1834, en Glasgow.

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