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Capitan Lagier

BIOGRAFIAS
El 12 de Marzo de 1821, nació en la ciudad de Alicante, Ramón Eulogio Bonaventura Lagier Pomares Calpena Sánchez, conocido como Don Ramón Lagier y Pomares. Pasó sus primeros años con sus abuelos maternos que eran unos acomodados labradores que enseñaron a su nieto las primeras letras y los rudimentos prácticos de la labranza. Cundo volvió a la ciudad estudió Náutica y desde muy joven surco el Mediterráneo en embarcaciones de cabotaje y creó una familia. Pocos años después tuvo su propio barco.

Un tiempo más adelante perdió a su querida esposa, su barco y su capital, quedándose solo con cuatro hijos. Fue así que se asoció a la compañía de navegación del que fue del Marqués de Comillas y capitaneó el primer buque de vapor español. Se llevó a sus hijos a Marsella donde disponía de días hábiles para poder estar con ellos. A dos de sus hijos los metió en un colegio de jesuitas y sus dos hijas quedaron bajo la custodia de la casa armadora. Con su hombría se gano la confianza de la casa.

A la vuelta de uno de sus viajes, se encontró muerto a uno de sus hijos, a consecuencia de la violencia que emplearon en el colegio con él, y además un anónimo le contó que en la casa en la que había confiado a sus hijas, las estaban prostituyendo. Llegó a los tribunales pidiendo justicia y castigo, incluso llegó al trono de los Emperadores. Perdió la casa, su fortuna y su creencia en Dios, y con los últimos dineros de su fortuna, mandó a sus hijos a España.

Un día caminando por Marsella, con ideas de suicidio en la cabeza, vio un anuncio que decía: “El Libro de los Espíritus”. Entró en la tienda, pidió un ejemplar, se fue a un café y empezó a hojearlo, pasó horas allí y pensó que aquel libro fue el Ángel que Dios le había enviado para salvarlo y regenerarlo. En aquel libro encontró consuelo, entendió que no existe efecto sin causa, que el espíritu en su libre albedrío se hacía solidario a través de las reencarnaciones, aprendió sobre la práctica del amor y de la caridad con sus semejantes.

Al sentirse más fuerte y reconfortado, por todo lo que la Doctrina Espírita le había enseñado, trazó un nuevo plan de vida que llevó a cabo con las energías de un hombre bueno que había penetrado en el misterio de la vida.
En 1863, a bordo de “Le Monarch” traía escondido a Barcelona, ya que estaba prohibido, “El libro de los Espíritus” que tanto le ayudó y que tanto ayuda a la gente.

Cuando volvió a la España buscó trabajo en una casa armadora y pese a que le costó, volvió a los mares, tuvo contacto con regiones andaluzas, amistades con proscritos de la monarquía, fue víctima del despotismo y del privilegio. Trajo desde Canarias a los hombres de la revolución y al verlos temblar el Capitán Lagier los tranquilizó con palabras benévolas.
Siguió la revolución triunfante hasta la capital acabando con la monarquía. Cuando terminó la revolución con la vuelta de la monarquía, el Capitán Lagier se hizo republicano y alentó a los hombres de la república a que cumplieran como hombres buenos.

Pero al poco tiempo ve como sus hijos desaparecen del mundo de los vivos. Fue así que se retiró a su casa de campo, en Elche, donde no dudó en surcar la tierra con el arado y plantar árboles y plantas, creando su nueva familia.

Dios le privó de costumbres sencillas, a lo que él se decía para consolarse, que “No hay efecto sin causa”. Sus parientes al verlo tan sólo, le aconsejaron formar una nueva familia, y se casó con una joven campesina cuya educación puso a su altura. De esa unión nació un niño, que fue educado por su padre y heredó sus virtudes. Compartió sus ideas y creencias en centros republicanos, reuniones espíritas, contribuyendo con Ausó y Ramón Alba, al compartimiento de estas doctrinas en Alicante, Elche y Santa Pola.

Fue respetado y querido por todos en esas ciudades y hablaba de Allan Kardec y su doctrina con señores que tenían títulos profesionales. No buscaba discusiones, nunca negaba quién era y que se debía al Creador por las luces que le había concedido, que le habían llevado la paz y la tranquilidad a su espíritu endulzando los días de su vida.

Tuvo clarividencia sobre su fin. Sin ninguna enfermedad se despidió de sus operarios del campo y el día anterior se despedía de un pariente, diciéndole: “esto se acaba”. Al amanecer del día siguiente hizo que su esposa despertara a su hijo, porque no quería dejar la vida sin el consuelo de tenerlos a su lado y darles el último adiós de despedida.

Desencarnó en Elche el 28 de Octubre de 1897. Su entierro fue un duelo en todas las clases sociales, que le acompañaron hasta el cementerio, el féretro fue llevado por miembros del centro republicano y los presidentes del círculo federal y socialista. Fue un hombre de creencias. En Octubre de 1833 él mismo cuenta su vida en la biografía que publicó: “El Buen Sentido”.

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